La mente en blanco
Caminaba deprisa, había refrescado y echaba de menos la bufanda que no cogió. Realmente, no caminaba rápido por el frío, sino por el miedo. Hacia días que tenía la sensación de que la estaban siguiendo. Una presencia que no la abandonaba, allí donde iba, estaba: una mirada calvada en su nuca, una mano a punto de alcanzarla, pero cuando se daba la vuelta no había nadie. Ese día el pánico era real, ella oía los pasos. Al llegar al portal de su casa sacó las llaves y el manojo cayó al suelo con estrépito, miró a su alrededor aterrada. No, allí no había nadie. Apretó con furia los botones del ascensor y mientras esperaba se le erizó la piel al oír un susurro con una nitidez apabullante: “ya te tengo”. Subió los escalones de dos en dos y entró en casa como alma que lleva el diablo. Estaba sola, la casa vacía y en penumbra, ni si quiera encendió la luz del largo pasillo, corrió a su cuarto y cerró la puerta tras de sí. Respiró aliviada, habían sido imaginaciones suyas, últimamente...

